Olvidar quince mil encantos es mucha sensatez y no sé si seré sensata
Siempre que nos encontrábamos eran en el mismo banco, del mismo parque, de la misma ciudad. Siempre eran las seis de una soleada tarde que se iba convirtiendo en oscuridad a cada segundo que perdía su mirada. Siempre que abatida agachaba la cabeza entre mis manos, con sigilo dibujaba sobre mi espalda serpenteantes caminos que conducían a mi cuello y entonces me besaba en la cabeza. Siempre esperando esa llamada suya que siempre llegaba y sacaba las mejores sonrisas de unos labios desgastados por el amor. Siempre los dos adolescentes que soñábamos con escapar del gris que pintaba las fachadas de aquel taciturno París. Siempre su silencio me hizo ser feliz, me bastaba un simple gesto o una sórdida mirada para saber que siempre querría estar a su lado. Siempre unos brazos a los que abrazarme, marcados por la nostalgia de unos tatuajes que tenían una historia detrás. Siempre aquellas noches irreversibles. Siempre intentando sobrevivir. Siempre tapando las heridas con parches, porros y sexo, heridas que con el tiempo se fueron haciendo cicatrices. Siempre imaginando una vida hecha de novedades, novedades que acabaron siendo rutinas. Siempre buscando a quién echarle las culpas de aquella pérdida de sentimientos que corría a pasos agigantados. Siempre tuvimos todo el tiempo del mundo a nuestra disposición, pero no quisimos pararlo. Siempre esas palabra que tanto dijimos y nunca fueron reales. Siempre silenciando las penas que ahogábamos con música y humo de tabaco. Siempre el reflejo de un reloj de arena en su iris. Siempre intentó darme cariño, pero no supo, o no supe yo dejarme querer. Siempre atrasando la inevitables despedida. Siempre seduciendo un corazón sin conseguir hacerle mella. Siempre supe que esa iba a ser la última vez que sus ojos se iban a posar sobre los míos. Y así fue. Siempre el mismo banco, del mismo parque, de la misma ciudad pero sin él.

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