Love is in the Air Max


Sobre dos ruedas y sin frenos, pedaleando con unas Air Max desgastadas por los golpes de la vida. Lo único que le queda de su padre es su nombre tatuado en un brazo. Yo sabía que detrás de ese metro ochenta había un corazón, quizá cansado de querer o sentir. Me dejó marca como una bellota en sus skinny. Pocas veces me dijo palabras bonitas que me hicieran sonreír, pero fueron muchas las que me abrazaba con tanta fuerza que me daba miedo que me rompiera una costilla. No mostraba fácilmente sus sentimientos, ni siquiera lo que pensaba, pero al minuto de despedirnos había un habitual reclamo de besos y caricias. Las tardes con él eran de silencio, con sus ojos negros fijos en mí, sus bambas hechas polvo y una gorra a juego con una sudadera.
Sin estudios y con mucha calle, siempre rodeado de cientos de amigos que desaparecían en los momentos difíciles, gente que conocía de toda la vida del barrio y que solo estaba presente cuando había alguna pelea. A mí  me sobraba amor propio y a él le faltaba amor ajeno. No tenía mucho dinero, pero ahorraba el tiempo que fuera necesario para conseguir una bici, una nueva tabla o un nuevo tatuaje el tiempo que fuera necesario; no trabajaba pero tampoco le pedía dinero a su madre.
Sabía de música, con hip-hop en sus cascos descendía por cualquier calle con su tabla o su bici, haciendo saltos imposibles que a mí me dejaban con la boca abierta. Puede que se sintiera seguro con el ángel que llevaba tatuado en la parte trasera de su pierna, nunca se lo pregunté y él nunca me dijo su significado. No sé por qué me gustaba tanto, pero me tenía enganchada, como él lo estaba al tabaco. Sus dilataciones, su North Face, su breve sonrisa que parecía decir ‘me encantas’ o sus abrazos mañaneros mezclados con su infantilidad, pasividad y miradas perdidas.

Definitivamente, love is in the Air Max.

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