Hasta que no se sube la persiana no es de día
Pipi, pipi… la alarma avisa de que son las 07:15, hora de salir de la cama. Los primeros rayos de luz se cuelan entre las rayas de la persiana iluminando a trazos parte de la habitación. Se intercalan franjas naranja oscuro, casi negro, con franjas naranja suave, y al fondo el arcoíris formado por la luz que se refleja en viejos cd’s que adornar la pared. Fijas los ojos en el blanco techo de la sala, te frotas los ojos y te manchas los dedos del negro del rímel de la noche anterior. Los labios te saben a carmín del rojo de un pintalabios que ha quedado un poco marcado sobre la almohada. En una habitación a oscuras y con tres horas de sueño no se pueden vislumbrar más que cosas que son sombras difuminadas en diferentes tonalidades de negro. Con el uniforme de la cama te pierdes en el oscuro café que se mueve en círculos causados por una cucharilla de acero que a la vez hace desaparecer pequeños granos de blanco azúcar.
Por fin te atreves a subir la persiana,
tiras de la cuerda y como un estallido de luz el verano te golpea en los ojos
aún ennegrecidos. Y entonces te paras a observar, primero el azul del cielo y
del agua; los bronceados cuerpos de la gente que pasea y un suelo lleno de
puntos de colores resultado de una guerra de globos de agua. Y al fondo
edificios cortados por el mismo patrón, del mismo color de ladrillo, los mismos
toldos a rayas color crema y verde, y algunas ventanas cubiertas por una
persiana que creará otras diferentes historias a través de las rendijas que
deja pasar la luz del sol en otra habitación y en otro despertar.

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