All the cigarettes that i’ve never smoke
Sales de la cama con cuidado para no despertarle, pones un pie sobre las baldosas y notas como el frío recorre todo tu cuerpo poniéndote la piel de gallina. Sales a la terraza, una taza de café en una mano y entre los dedos un paraíso de 40 grados. El aire, que baila entre tus piernas y descoloca tu pelo, que hace que tu cigarro se consuma con más rapidez. En frente las montañas, y el Sol, que ha amanecido mucho antes que tú. Escuchas la calma de los pájaros, hueles el aroma del verano y saboreas los rayos de calor.
Una mano que te pasa por la cadera, un beso en el cuello y cuando queda un último tiro de nicotina te lo quita de los dedos, da el último calo y con un ligero golpecito lo hace volar por los aires y desaparecer. Te giras y le sonríes. Aún despeinado, sin abrir mucho los ojos por el exceso de luz repentino y con el torso descubierto te da un ‘buenos días’ que entre líneas quieren decir ‘tengo ganas de tus labios’. Comienza un baile de besos que se funde con ‘Ain’t no Mountain High Enough’ que en ese momento suena en la radio. Horas como minutos, minutos como segundos.
Unos brazos marcados por tatuajes, que esconden mil historias detrás, rodean tu cuerpo y lo empujan contra su pecho. Su respiración en tu nuca, sus pies entre tus pies, su mano por tu ombligo. Después de tanto tiempo no serás capaz de acostarte sin oler a él, te asusta pensarlo e inconscientemente le abrazas más fuerte como si de esa forma nunca pudiera escaparse. Te has vuelto adicta a sus labios que saben a hachís, a los escalofríos que te suben por las vértebras cada vez que acaricia tu tripa, a que te juegue el pelo con las yemas de sus dedos.
Entre las líneas de la persiana, cada ruido que hace que te levantes de la cama, te hace sentir como una niña que se esconde para poder mirarle sin que se dé cuenta.

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