La obsolescencia programada como nueva forma de marketing

Cambiar de móvil porque se vuelve más lento, comprar una televisión de pantalla plana aún más plana que la que tenemos, reemplazar nuestro actual lavavajillas por uno más grande y moderno. Cada vez decidimos antes adquirir nuevos productos que sustituyan a los que tenemos, incluso a veces sin que estos den señales de desgaste o disminuya su rendimiento. Esta práctica tienen un nombre: obsolescencia programada, y no es ningún invento del siglo XXI.  

Hace dos años, Sendhil Mullainathan –profesor de Harvard- descubrió que existía un pico en las búsquedas de “iPhone lento” coincidiendo con el periodo de tiempo en el que Apple sacaba un  nuevo dispositivo al mercado. 

A pesar de que en la actualidad está considerado como una aplicación más de marketing por parte de las empresas, los consumidores también son cómplices de que esta práctica siga existiendo y se siga expandiendo, dando lugar a tremendas consecuencias ambientales. 

El concepto de obsolescencia programada lleva inmerso en la sociedad desde el inicio de los años 30 gracias a Bernard London. Tras el desastre que se produjo tras el Crac del 29 en Norteamérica, este bróker ruso-estadounidense propuso que los productos tuvieran fecha de caducidad en un intento por motivar el consumo. Posteriormente, fue Brooks Stevens el que sentó las bases de dicha obsolescencia: había que seducir al consumidor para que cambiara sus aparatos eléctricos.  

A lo largo del tiempo se han llevado a cabo numerosos estudios cuya finalidad es demostrar cómo las empresas acortan la vida de sus productos y cómo los consumidores reemplazan sus electrodomésticos con más frecuencia, a pesar de que éstos se encuentren en perfecto estado. 

 En 19960 Vance Packard publicó The Waste Makers, un libro en el que se recogían que la obsolescencia se podía producir por tres motivos: función, calidad y deseo. También estructura entre las páginas de su libro tres tipos de obsolescencia programada: la incorporada –provocada por la industria-, la psicológica –nuevos productos en función de la moda- y la tecnológicaactualizaciones nuevas-.  

Más cercano a nuestros días es el documental ‘Comprar, tirar, comprar’ de Cosima Dannoritzer, en él se explica que sin la obsolescencia programada el sistema capitalista no podría sostenerse.

El consumo de materiales y energía producen desechos y la liberación de sustancias nocivas y peligrosas que afectan al ecosistema y a nuestra salud. Debemos tener cuidado a la hora de reciclarlos, ya que muchos de estos aparatos pueden reaccionar al contacto con el agua y con la materia orgánica, pudiendo desencadenar la contaminación de los suelos y aguas subterráneas. 

Otro de los problemas que han resultado de la obsolescencia programada es la exportación de los viejos aparatos electrónicos a países asiáticos o africanos. China e India han sido los receptores de “mercancía de segunda mano”, procedente de Europa. Sin embargo, tan solo han podido ser reutilizados entre el 25% y el 75% de los aparatos enviados.

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