Anoche no podía dormir. Me acosté sola pero vinieron a arroparme y besarme en la frente inseguridades y las putas del pasado.
Y me puse a buscar sin encontrar nada que me partiera el alma, y sin querer encontrarlo, porque ya no quedan uñas que morder ni dedos que frotar. Ni si quiera la luna ya es capaz de dolerme, porque me he quemado la lengua para no sentir. Para no sentir, que como al hielo, le afloran arañazos desde dentro; para no acabar mezclada con ron en la boca de algún cualquier otro.
No es de resaca pero me duele cabeza. Y no puedo usarlo de excusa cuando nos metamos en la cama. Tú y yo, que estamos acostumbrados a dormirnos tú en mi pecho y yo enredada en tu costilla. Enroscada como las gatas que se dejan a veces querer, y que al final terminan amando donde antes solo querían afilarse las uñas.
Esto está siendo demasiado fácil para lo complicado que nacimos, conocimos, quisimos. Yo te juro que aún te veo en sueños. Te juro que aún te quiero. Me coloco los trece de noviembre, aunque lo más dulces sean los once. Como las veces que te he visto sonreír después de haberte aguantado las ganas de llorar.
A mí tus ojos ya no me engañan. Sé cuando brillan de hachís y cuando lo hacen de rabia. Lo que aún me parece complicado es mirarlos y no morir de un balazo en el iris, no morir deslagrimada como cuando se clava una pestaña y hace más daño que las veintisiete puñaladas de ya no (te) quiero más.
Te haré saber de las peores maneras que sigo estando para ti, esperando en cada esquina cuando intentes huir de mí agobiado por las veces que deseé ser un pulpo para abrazarte con más brazos. No hay camisas de fuerza para atar tantos deseos.
Vente, guapo, que te voy a hacer cosquillas hasta que te quedes dormido y me pidas a gritos despertar. Prometo calmarte con un beso en los párpados.
0 comentarios