Nombre propio
Te quiero dar un beso, dije, y parece que no sonó nada convincente porque terminé yéndome con él en los labios. Te quiero dar un beso, y te lo daba; te quiero abrazar, y te abrazaba; te voy a decir que te quiero: te quiero. Esa era la intención que tenía y lo que había imaginado durante toda la tarde, pero tus ojos clavados en mí acompañados de un 'no sé' fueron como quince puñaladas.
Que no hay mayor dolor que no me buscaras en el retrovisor, y que si me encontraste, rápido me quisiste perder.
Que cuando tú haces las cosas mal yo las empeoro, y aún así quiero quedarme acurrucada en tus costillas. No te puedo prometer que no vaya a molestar.
Pero esta vez me quedé con una lágrima en los ojos y un cd en la mano grabado solo con una canción cuyo estribillo dice que no puedo vivir sin ti. Eran las doce pasadas.
Fue la despedida más amarga y fría de todos los tiempos. Si alguien nos vio escribirá sobre ello, estoy segura.
Puede que una de estas noches llamen a la puerta y seas tú, y digas que lo sientes de verdad, que me quieres de verdad, y que me vas a besar por cada día quince que en vez de acercarnos nos alejó.

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